Y es curioso, ver como la vida sigue. Y tú, tras el impacto inicial y varias semanas de intenso dolor y tristeza, vuelves poco a poco a tu rutina. Todo se va calmando dentro de ti….la pena se acomoda en un rincón y se queda sin hacer ruido. Porque tu cuerpo se anestesia y no quiere sufrir con esa intensidad…
Esta vez no te ha tocado a ti, y tomamos conciencia de la importancia de vivir. Y todo cobra más valor. Pasamos a vivir antes que pensar que podríamos haber sido nosotros los protagonistas de una pérdida.
Se piensa que el único que sufre es el que estaba al lado, pero no es verdad que los demás sufran menos, aunque si distinto. Porque se está en medio del dolor. Dolor por la pérdida y dolor por los que se quedan; que resulta ser lo más angustioso. Sin saber encontrar las palabras ni cómo ofrecer ese consuelo largo y reconfortante para aliviar el alma. Y sólo puedes quedarte cerca; acompañando en silencio.
Pero el que se va se va, y para los de su alrededor íntimo la vida no sigue, la vida se para. Se desdobla en un malabarismo donde ellos no son ellos, y sigue sólo una parte que no reconocen. Y sigue sólo la inercia, el instinto de supervivencia. Y el tesón de unos pocos, que los sujetan esperando que un día, lentamente, vuelvan poco a poco a su rutina, y el dolor se haga más llevadero, más soportable, y aunque les acompañe para siempre, les deje seguir viviendo tomando las riendas de su vida, y comenzando a caminar de nuevo por su propio pie.
Y esos apoyos invisibles, en esos momentos donde el dolor lo ciega todo, se arman de fuerza y coraje para protegerlos en las caídas, por el valor que para ellos tienen los que se quedan.